
Catulo.
- Catulo nació en Verona, en la Galia Transpadana. Pertenecía a una familia acaudalada e influyente Estudió en Roma, donde pasó largas temporadas, hasta que se estableció allí en el 62 a.C., introduciéndose pronto en los ambientes de la nobleza.
- Es el verdadero creador de la lírica romana. Partiendo de los líricos griegos, supo captar su espíritu y su técnica para adaptarlos a su temperamento romano. En sus composiciones predominan los poemas breves de contenido erótico, satírico y elegiaco. Sus poemas tienen un carácter marcadamente personal, subjetivo y autobiográfico, por lo que es el poeta latino más cercano a la sensibilidad y a la poética actual. Sus epigramas (composiciones breves, de pocos versos) están llenos de agudeza y comicidad despiadada, y serán el modelo del próspero género satírico en la época imperial.
poemas.
Los poemas de Catulo podrían clasificarse en tres grupos de acuerdo con los motivos que los inspiran:
1. Poemas mitológicos eruditos (los más extensos), de clara elaboración alejandrina.
2. Poemas satíricos y epigramáticos, en los que lanza invectivas contra sus enemigos y critica la sociedad de su época, e incluso a los políticos.
3. Poemas líricos y elegíacos, que tratan con expresión sincera de sus sentimientos, de amistad y de amor.
Poema I.
Catulo se lamenta por el sufrimiento que padece Lesbia ante la muerte de su tan amado pajarillo.
¡Oh amores y anhelos,
y cuantos hombres existáis sensibles a la belleza,
lamentaos! Ha muerto el gorrión de mi amada,
su gorrión, deleite de mi niña
al que cuidaba más que a sus propios ojos.
era más dulce que la miel y conocía a su dueña
tan bien como conoce una niña a su propia madre,
y, sin alejarse jamás de su regazo,
piaba sin cesar para nadie más que para ella,
mientras saltaba a su alrededor de acá para allá.
ahora marcha por un camino de sombras,
hacia un lugar del que se niega que exista retorno.
yo os maldigo, siniestras tinieblas del Orco,
que devoráis todo lo bello:
¡tan hermoso era aquel que me habéis arrebatado!
¡oh desdicha! ¡Pobrecillo pájaro!
ahora lloran por vuestra culpa
los enrojecidos e hinchados ojos de mi amada.
vivamos, Lesbia mía, ¡amémonos!
vivamos, Lesbia mía, ¡amémonos!
y démosles el valor de unas
a los rumores de los ancianos severos.
los soles seguirán muriendo y volviendo a nacer;
pero, una vez que nuestra breve luz se apague,
sólo nos quedará una noche eterna
que habremos de dormir.
dame mil besos, y después cien,
y después otros mil y otros segundos cien,
y, sin parar, hasta llegar a mil más, y después cien.
finalmente, cuando nos hayamos dado tantos miles,
los dejaremos en el olvido, para no recordarlos,
y para que nadie sienta envidia
al saber que entre nosotros hubo tantos besos.
lesbia me ha dicho las mayores injurias en presencia de su marido,
y ésta es la mayor alegría para él.
¡mulo, no sabes nada! si ella callara, olvidada de lo nuestro, estaría bien;
pero, dado que me insulta y me grita todavía,
no sólo me recuerda, sino, lo que es mucho peor,
que está enfadada conmigo, que aún arde y se consume.
aquel me parece igual a un dios;
más, si es lícito decirlo, me parece que sobrepasa a los dioses,
aquel que, sentado frente a ti,
te observa y te escucha
mientras tú le sonríes dulcemente; a mí, desgraciado,
esto me arrebata todos los sentidos;
pues, en cuanto te veo, lesbia, mis palabras
mueren en la boca,
mi lengua se entorpece y una tenue llama
invade mis miembros, con su propio ruido
zumban mis oídos, y mis ojos se nublan
con redoblada oscuridad.
el ocio, Catulo, no es bueno para ti;
Con el ocio te alteras y te excitas en demasía,
el mismo ocio que ya antes arruinó
a tantos reyes y ciudades felices.
Vivamos, querida Lesbia.

y las habladurías de los viejos puritanos
nos importen todas un bledo.
Los soles pueden salir y ponerse;
nosotros, tan pronto acabe nuestra efímera vida,
tendremos que vivir una noche sin fin.
Dame mil besos, después cien,
luego otros mil, luego otros cien,
después hasta dos mil, después otra vez cien;
luego, cuando lleguemos a muchos miles,
perderemos la cuenta para ignorarla
y para que ningún malvado pueda dañarnos,
cuando se entere del total de nuestros besos.
Lesbia, mi niña, a vivir y a amar,
y los cotilleos de viejos gruñones
al cuerno, todos, al cuerno.
Los soles mueren y regresan (porque pueden),
pero una vez se consume el candil de nuestra vida
hemos de dormir la noche más larga (vaya que sí).
Venga, dame el pico mil veces, luego cien,
luego mil de nuevo, cien más de propina,
luego, después de darnos tropecientos,
liaremos la cuenta hasta marearnos,
no sea que algún capullo pueda aojarnos
conociendo la cuenta exacta de los besos.
Los soles se ocultan, y pueden aparecer de nuevo;
pero cuando nuestra efímera luz se esconde
la noche es para siempre, y el sueño, eterno.

